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Para
una generación, Verne fue el escritor fantástico por excelencia.
Para la siguiente, un visionario con aciertos impresionantes.
Para la tercera, un hombre asombrosamente adelantado a su tiempo.
Quedan otras predicciones
menos sencillas, las que hablan de justicia o de lógica humanitaria,
pero esas son mucho más complicadas, porque exigen el esfuerzo
de los seres humanos y la eliminación de los intereses interpuestos
en el camino hacia la perfección.
Julio Verne nació
en Nantes en 1828, y pronto se planteó la necesidad de escribir
como una profesión. Sin embargo el teatro, el espectáculo máximo
de ese momento, no le dio oportunidad de triunfar y se volvió
hacia la novela de aventuras.
Su obra "Cinco semanas
en globo", una historia publicada en 1863, en la que se narraba
la expedición del doctor Fergusson, su amigo Kennedy y un criado
que respondía (presuroso) al nombre de Pepe, por el corazón de
Africa. El único elemento misterioso era el sistema (imposible)
que permitía que el globo no perdiese ni una molécula del gas
contenido en su envoltura durante el trayecto. Lo que asombraba
de la narración era que se daban datos y nombres verificables;
que se explicaban teorías científicas y se documentaba exhaustivamente
todo lo dicho. El público creía que se estaba frente al relato
real de un hecho asombroso.
Después vendría una riada
de títulos, como "La isla misteriosa" y "20.000 leguas de un viaje
submarino", sus viajes, "Viaje al centro de la tierra", "De la
tierra a la luna", "Vuelta al mundo en ochenta días" y todos los
relatos de náufragos juveniles, aventuras en las estepas rusas,
en el corazón de Africa, en la jungla americana y en cualquier
otro lugar a que le llevase su imaginación, porque Verne no salió
de su cuarto, de su escritorio.
Consultando libros
y mapas, Verne completaba los datos y extrapolaba una nueva realidad
y su mundo imaginario se acercaba mucho más al real y futuro que
el de sus contemporáneos que recorrían la superficie del planeta
con asiduidad.
Verne terminó el submarino,
dio los primeros pasos por los cielos en máquinas voladoras de
gran porte, consiguió que una tripulación de astronautas regresara
tras orbitar alrededor de la Luna, estableció la paradoja de los
relojes en la vuelta al mundo, ocupándose de hacer notar que el
futuro viajero que fuera a contrapelo en su circunnavegación debía
revisar las manecillas de su reloj para no encontrarse con un
lío horario.
Pero si estas cosas
no parecen ser muy importantes (que lo fueron, sin lugar a dudas),
sí lo es el hecho de situar la primera base norteamericana de
lanzamiento de naves espaciales en la Florida, a pocos kilómetros
de la definitiva base de Cabo Cañaveral y, luego, Cabo Kennedy.
Como también fue una premonición inteligente hablar de una fuente
diversa y todopoderosa de energía a bordo del "Nautilus" del capitán
Nemo. Tanto lo fue que, cuando Estados Unidos botó su primer submarino
de propulsión nuclear, no tuvo más remedio que reutilizar el nombre
de la ficción y colocar ese "Nautilus" sobre su casco. Y así en
docenas de ocasiones.
Verne fue, hasta su
muerte en 1905, un moralista y un creador de ejemplos para la
juventud soñadora del siglo del progreso, del siglo XX. La obra
profética de Verne Resulta más que curioso comprobar que todas
las proezas técnicas descritas por Jules Verne entre 1863 y su
muerte, en 1905, en Amiens, hayan sido reales a la vuelta de pocos
años. Lógicamente, Verne fue capaz de adelantarse a la totalidad
de su tiempo y supo crear la estructura utópica más parecida a
la realidad que jamás se había dado.
Well, un compañero
de letras y de interés por el futuro, tuvo toques más fantásticos,
pero se alejó de la verdad inmediata para irse hacia el sueño
irrealizable, hacia la ilusión por encima de todo.
En 1865, Verne publica su
libro de anticipación por excelencia "De la Tierra a la Luna"
y su absurda aventura de unos hombres metidos en una bala de cañón
se convertiría, a la vuelta de un siglo, en una realidad que,
por repetición, dejó de interesar a las agencias de noticias y
a los lectores de diarios.
Al final, los imposibles
viajes a la Luna, con cohetes químicos en lugar de proyectiles
habitables, se convirtieron en tonterías bastante monótonas. Pero
sólo Verne se había molestado en buscar el emplazamiento del disparo,
Florida, reunir a la tripulación y hacerla rodear la Luna, tras
tropezar con un campo gravitatorio inopinado.
La Luna se parecía
bastante a la Luna real, no era como la espléndida atmósfera respirable
de la posterior aventura alemana de "La mujer en la Luna" ni estaba
poblada por seres fantásticos como los que describía el exagerado
Cyrano.
Verne era un viajero
del espacio realista y preciso y eso que no se movía de su cuarto
de trabajo.
Entre 1867 y 1868,
su libro "Los hijos del capitán Grant" toma forma y se inicia
con él un nuevo ciclo de marinos y naufragios. Además, esa obra
deja flecos que después se recogerán en otros muchos títulos,
porque Verne escribe una obra abierta y múltiple.
En 1870, el capitán
Nemo, con su submarino "Nautilus" toma a bordo a un par de asombrados
náufragos y el prototipo de los submarinos del futuro toma cuerpo
en el papel entintado. Inmersión a voluntad, fuerza y luz eléctrica,
respiración garantizada, escafandras autónomas, todo formando
parte de un decorado móvil a miles de brazas de la superficie,
huyendo del enemigo permanente, el inglés, al que Verne viene
a culpar con bastante asiduidad en sus páginas.
En 1873, Phileas Fogg
se hace a la aventura y atraviesa, con su fiel Passepartout el
globo terráqueo en ochenta días. Es curioso que los odiados ingleses
sean también prototipos de aventureros admirados y de caballeros
en el mejor sentido de la palabra. La apuesta se gana, a pesar
de un "quid pro quo", mucho antes de que el hombre disponga de
medios ciertos para mantener ese promedio de marcha de quinientos
kilómetros diarios. "La vuelta al mundo en ochenta días" es algo
más que una espléndida aventura, es el triunfo de la voluntad
humana sobre la adversidad y el primer intento serio de considerar
a ese enjambre de fronteras y razas como una única unidad.
Phileas es el hombre
del siglo XX, aunque ni él ni su autor parezcan darse cuenta de
ello. La vuelta al mundo, tras esa narración de "La vuelta al
mundo en ochenta días", pasa de una aventura geográfica a un sueño
para viaje de novios. Con Verne, la proeza se convierte en ilusión
cara, pero alcanzable. En 1874 nace "La isla misteriosa", el libro
verniano por excelencia, ya que une la declaración de principios
de la igualdad humana, con su arranque en el territorio de la
Confederación, en la guerra de sucesión americana, y se vierten
unas declaraciones irrebatibles sobre la vergüenza de la esclavitud
y sobre la necesidad de hermandad entre los seres humanos:
"después desembarcaron
los colonos en América y hallaron pacificada su patria y terminada
aquella guerra terrible, con el triunfo de la justicia y el
derecho"
cerrando prácticamente
la obra, a unas veinte líneas del final. Pero en la isla misteriosa
que acoge a nuestros amigos, comandados por el epítome del progreso,
por el ingeniero Ciro Smith, se produce el milagro del futuro,
es decir, el milagro de desarrollar toda la dormida potencialidad
de la naturaleza. Los colonos forzosos, arrastrados por el viento
implacable a través del Pacífico en el globo que les ha servido
para huir de la prisión de los confederados, llegan hasta una
extraña isla desconocida y la bautizan como Isla Lincoln, en honor
del hombre admirable que rigió los destinos de la Unión y supo
terminar una guerra civil sin represalias de ningún tipo.
Esa isla se ve puesta al
día por la voluntad de seis hombres, entre los que había un mozalbete,
un negro, un proscrito y mucha voluntad de triunfo. Hornos para
fundir metales, telégrafo, ascensores y la aparición sorprendente
de Nemo, el viejo capitán y bienhechor de los colonos. La novela
es, además, un manual industrial de cómo obtener todo lo posible
a partir de pocos recursos y es, por si fuera poco, una lección
de modernidad para los adolescentes del penúltimo cuarto de siglo,
a los que se les enseña (deleitándolos) de las propiedades de
minerales, vegetales y compuestos químicos artificiales, de una
manera inolvidable, distinta por completo de lo que los maestros
han tratado de introducir a la fuerza y con amenazas.
En 1876 se publica
"Miguel Strogoff" y se establece un nuevo tipo de narración, con
el ingrediente del largo viaje a través de las tierras exóticas
de Siberia, como se hizo ya en las narraciones por Africa o por
los mares del Este y del Oeste. Pero, por añadidura, se introducen
elementos folklóricos e históricos nuevos y la aventura del correo
fiel se torna en una nueva sorpresa científica, al estilo del
"aunque le cueste creerlo" que ornamentaba e ilustraba las páginas
de nuestra infancia. En 1888 se publica la obra "Dos años de vacaciones",
mientras que se han dado a la imprenta docenas de títulos menores.
Pero "Dos años de vacaciones" es otro tipo de narración, una aventura
en la que los protagonistas, tan forzosos como los aeronautas
de "La isla misteriosa", son unos escolares que se ven arrastrados
por vientos y corrientes hasta dar con una isla desierta y maravillosa
en la que la maduración de los adolescentes se acelera y dan muestras
de la innata disposición humana hacia la organización, las virtudes
y los defectos de una sociedad cualquiera y el cómo solventar
problemas y diferencias de criterio con el respeto a la voluntad
de todos.
Los jóvenes del naufragado
schooner "Sloughi" son una demostración viva de que ni importan
las razas ni interesa otra cosa que no sea el sentido común. En
las páginas de la novela se da el ejemplo de una votación democrática
de los doce jóvenes que quieren elegir a su primer jefe por un
período de un año, como muestra de que todos los seres humanos
deberían hacer lo mismo si quisieran llegar al triunfo de la justicia
y del progreso.
La industria ocupa
una buena parte de las páginas escritas por Verne; la descripción
de las nuevas actividades humanas viene después, abriendo camino
a lo que se puede denominar "nuevas profesiones", comenzando por
el gremio de los geógrafos, aventureros de la ciencia y avanzadilla
viva de la civilización moderna. Las aplicaciones modernas de
los antiguos conocimientos se sitúan a continuación.
Después, en menor
número pero con mayor densidad, aparecen los grandes inventos
imaginarios, como son las naves de diversa índole de "Robur el
conquistador", capaces de volar a velocidades elevadas y posarse
suavemente sobre cualquier punto previsto o imprevisto; las naves
submarinas de Nemo, la energía de Nemo y Robur, aplicada al "Nautilus"
o al "Albatros", los vuelos siderales, las ciudades industriales
y racionales, la transmisión de palabras e imágenes y el dominio
de la electricidad sobre la realidad de su tiempo, el vapor.
Verne fue un visionario a
medio plazo, un hombre capaz de profetizar con un cien por cien
de aciertos a su favor. La diferencia entre sus palabras y lo
que el futuro ha dado en traernos es más de grado que de concepto.
Sólo ha quedado desfasada su obra en los conceptos decimonónicos
aplicables a la sociedad, pero siempre teniendo en cuenta que
Jules Verne fue más generoso que el resto de sus contemporáneos
a la hora de poner las bases de una sociedad más justa e igualitaria.
Por si no fuera suficiente,
Verne fue un escritor que entretuvo, encantó e hizo soñar a varias
generaciones sucesivas.
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