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Carlomagno
(en el siglo VIII de nuestra era) ordenó la muerte para quienes
provocaban tempestades que estropeaban las cosechas, hacían estéril
al ganado o causaban enfermedades a otras personas. El cómo se
probaban estas acusaciones no parece muy "científico".
Documentos religiosos
anteriores lo que condenaban era creer en brujería, y encomendaban
a los sacerdotes la misión de velar por que sus feligreses no
cayeran en las ilusiones de Satán, que era quien les hacía ver
esos fenómenos inexplicables (como creerse capaces de volar a
lomos de bestias salvajes o ver tal cosa). Esto se recoge en el
Canon de Episcopi, que parece ser del Concilio
de Ancyra, en el año 314 D.C. (siglo IV).
" Algunas mujeres malvadas
se han dejado pervertir por el Diablo y descarriar por ilusiones
y fantasías inducidas por los demonios, de manera que creer
salir de noche montadas a lomos de animales en compañía de Diana,
la diosa pagana, y una horda de mujeres. Creen recorrer enormes
distancias en el silencio de la noche. Dicen obedecer las órdenes
de Diana, la cual las llama al parecer ciertas noches para que
le presten servicio. "
Así decía el Canon
Episcopi, de la Iglesia Católica oficial. El documento
jurídico más importante de la época para el historiador norteamericano
Jeffrey B. Russell, autor de la muy documentada y abarcadora Historia
de la brujería (Editorial Paidós, año 1998). Este estudioso
de un tema que sigue intrigando y fascinando en pleno siglo XXI
señala que dicho Canon, que luego sería malinterpretado y utilizado
para alimentar el terror y el odio hacia las brujas, reflejaba
la preocupación de las autoridades eclesiásticas por erradicar
las prácticas paganas.
Sin embargo, siglos
más tarde, los inquisidores optan por obviar el contenido del
Canon, aduciendo que había surgido una nueva secta de verdaderos
adoradores de Satán a la que había que combatir. Describían los
encuentros nocturnos en los que se aparecía el Diablo en forma
de cabra y se llevaban a cabo rituales demoníacos. Llamaban a
perseguir a las brujas por herejes y para darles el oportuno castigo.
Estábamos a mediados del siglo XV.
Miedo real o ficticio?
Manipulado o espontáneo? Lo que sabemos es que Europa era asolada
por frecuentes epidemias de peste, lo que la situaba en una gran
crisis colectiva... la gente asustada suele necesitar un culpable,
y suele ser también fácil de manipular.
En la Edad Media
comienza la persecución de todos los ritos paganos, todo lo que
no es cristiano es perseguido por su presunta vinculación con
el maligno. Sin embargo, es con la Contrarreforma y con los distintos
cismas protestantes cuando la persecución de la brujería se incrementa
notablemente.
En el 5 de Diciembre
del año 1484 el Papa Inocencio VIII promulga
una bula, la Summis desiderantes, en una
especie de declaración de guerra abierta contra las brujas, con
la que se legitimó la persecución de brujas, tortura y ejecución,
generalmente ardiendo en la hoguera, empezando así La Inquisición
a perseguir la hechicería, que instigadas por el Maligno, Enemigo
de la Humanidad, asesinaban a niños en el vientre de la madre
y se daban a los excesos. Probablemente la mención a las muertes
de niños se refiera a que, debido a los conocimientos que solían
tener una parte de las mujeres sobre hierbas y al mejor conocimiento
del cuerpo femenino, ellas eran las que practicaban los abortos
cuando se daban.
En cuanto a los
excesos... bien, para la mentalidad de la época, el que un grupo
de mujeres se reuniera por las noches para charlar, bailar bajo
la luna sin pudor (se cuenta que muchas veces bailaban desnudas)
y en fin, divertirse en una especie de comunidad femenina, no
debía ser fácil de entender. Y lo que no entendemos o no compartimos
lo situamos muy rápidamente en la frontera de excesivo, y entrando
en temas religiosos, se tacha de inmoral o pecaminoso. Tal vez
mantenían además contactos sexuales entre ellas, tal vez las alusiones
al macho cabrío que aparecía sean referencias a varones que las
acompañaban a veces.
La Santa
Inquisición
A partir de ese
momento, se designa a los dominicos Kramer y Sprenger
como inquisidores encargados de perseguir estas "depravaciones".
Estos serían los autores del Maellus maleficarum
o Martillo de las maléficas (1486).
Se abría la veda para la
persecución con todas sus consecuencias, pudiendo recurrir sin
problemas a las torturas con tal de lograr confesiones. Aumenta
espectacularmente el número de brujas y es que ante las brutales
torturas, quien más quien menos confesaba lo que le pidieran.
Es en este periodo
cuando se escribe el Malleus Maleficarum (Martillo de Brujas),
escrito en 1486 por los inquisidores Henry Institoris
y Jacques Sprenger, dominicos, profesores universitarios
de teología en Colonia, un compendio de descripciones de tipos
de brujería, cómo reconocer una bruja y los distintos métodos
de tortura a aplicar.
También en 1538
Pedro Ciruelo escribe su “Reprobación de
las supersticiones y hechizerías”. La figura histórica
más famosa que fue condenada a arder en la hoguera bajo la acusación
de bruja fue Juana de Arco.
No era la primera
vez que los teóricos pactos con Satán daban pie a persecuciones.
Ya en 1232, el Papa Gregorio IX incluyó este aspecto
en sus bulas, acusando a los habitantes de Stedingerland,
en Oldemburgo, de pactos con el maligno que conllevaban
toda serie de rituales sexuales con zoofilia incluida, relaciones
incestuosas y homosexuales, a las que no dudaba en equiparar y
condenar. El desencadenante en este caso fue la negativa de
estas gentes a pagar el diezmo al obispo de Bremen, aunque
relacionar esto con pactos satánicos parece exagerado.
En España, la Inquisición
dejó de perseguirlas a raíz del proceso de las Brujas de
Zugarramurdi (segunda mitad del siglo XVII), en el que
los inquisidores se encontraron ante la posibilidad de tener que
quemar a varios miles de mujeres si resultaban condenadas. Resolvieron
la cuestión declarando que no tenían pacto con el diablo y desde
entonces no se quemó a ninguna otra.
Los Juicios
Los juicios que
se llevaban a cabo por brujería distaban mucho de ser ejemplo
de justicia. Para la acusación bastaba la sospecha,
no eran necesarias pruebas, no había opción
a defensa y las confesiones o delaciones hechas bajo tortura
eran usuales y totalmente válidas. Incluso si el sospechoso
no confesaba después de ser torturado, esto se interpretaba a
veces como un signo más de lo fuerte que era la intervención del
Diablo.
Sin embargo, solía darse
el caso de que una vez apresada una bruja, aparecían muchas más
en la zona, la explicación oficial era que si el Diablo andaba
cerca, poseería a cuantas más mejor, pero las acusaciones falsas,
una suerte de psicosis colectiva o puede que incluso cierta rebeldía
ante la injusticia tal vez fueran causas más reales.
Algunas voces advirtieron
de la poca fiabilidad de los procesos inquisitoriales desde dentro.
Así, Alonso Salazar y Frías, inquisidor que había
tomado parte en el proceso de Logroño de 1610, estableció
al hacer la revisión del proceso que la mayoría de las acusaciones
eran falsas, y que no se había actuado correctamente. Incluso
concluyó que todo había sido un exceso de imaginación por
parte de unos y de otros, en parte motivada por los sermones de
la Iglesia.
El jesuita Friedrich
von Spee se pronunció en un sentido parecido, cuando sin
negar la existencia de brujas o de intervenciones satánicas, habló
de la injusticia que había comprobado en los procesos inquisitoriales.
Y otro punto de vista más fue el que aportó el humanista Pedro
de Valencia, que hablaba de los aquelarres o reuniones
de brujas como de fiestas de gente en busca del placer, todo lo
más, bacanales, y que explicaba las supuestas visiones mágicas
como ilusiones, efecto de drogas, negando toda intervención del
Diablo en ellas.
Anton Praetorius
(1560-1613) fue un pastor alemán, teólogo reformado, autor y luchador
contra la persecución de brujas y la tortura.
¿Cuáles eran los
crímenes que supuestamente habían cometido estas personas? En
la obra "Demonomanía de los brujos" se hace un listado
de los mismos entre los que se incluyen renegar de Dios, maldecirlo,
rendir homenaje al Demonio, dedicarle sacrificios, ofrecerle hijos
antes de que nazcan, matar niños para hacer pócimas con ellos,
comer carne humana, profanar cadáveres, beber sangre, envenenamientos,
maleficios, provocar la esterilidad del ganado o de los pastos,
practicar el incesto y tener prácticas sexuales "aberrantes",
y el trato carnal con el Diablo. En algunos casos eran acusados
además del crimen de traición al Estado, puesto que supuestamente
tenían al Demonio como máxima autoridad, en vez de a su gobierno.
En la práctica,
era tan difícil probar la inocencia de uno que miles de mujeres
fueron torturadas, quemadas en hogueras, ahorcadas, muy probablemente
por miedo, por rencillas personales con algún vecino, por la psicosis
colectiva, por ser "raras", o por tener una mente demasiado abierta
para la época que vivían, que las hizo sentirse y mostrarse más
libres de lo que sus contemporáneos estaban preparados para aceptar.
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